¿Y a mí qué?

¿Y a mí qué?

Veamos una escena típica. Adolescente, vaqueros, deportivas, pelo descuidadamente cuidado. Queda a diario con los colegas a la salida del “insti” para practicar alguno de sus deportes habituales (tomar unas birras o echar unas canastas, táchese lo que proceda). Por supuesto, tiene un móvil de última generación donde almacena compulsivamente politonos, fotos, vídeos y demás virguerías. Además, lo utiliza habitualmente como reproductor de mp3 y le gusta presumir ante sus colegas de sus recientes adquisiciones musicales. Es un tipo moderno y está a la última. Suelen usar el móvil como los abuelos usaban los transistores o, mejor todavía, los chicos de Harlem utilizaban aquellos “loros” grandes como maletas que portaban sobre un hombro, aireando a 6 kilómetros a la redonda su música para que quede claro que son tipos guays. Como hay, mil arriba, mil abajo, unas 15.000 canciones de moda y cada tres cuartos de hora suelen aparecer otras 500, nuestro simpático amiguito tiene el ordenador de su habitación calentito descargando a todo tren todo lo que pilla para pasarlo a su flamante móvil tan raudo y veloz como la conexión de banda ancha de que disfruta. Cómo mola. Mañana se las pongo a los colegas pa que lo flipen. Seguro que no tienen el último éxito de John Smith y los Cabras Locas. Y es que, claro, a estas velocidades cualquiera se gasta en CDs las ingentes cantidades de dinero que supondría estar al día. Hay voces que critican esta vorágine. La industria discográfica se arruinará, dicen. Los artistas morirán de inanición, se lamentan. Pero no nos engañemos, siempre salen ganando los mismos, los que tienen el...